lunes, 26 de abril de 2010








Escrito para "La Nueva Provincia" de Bahía Blanca






SOBRE EL BICENTENARIO

Escribir sobre el Bicentenario de Mayo desde Bahía Blanca tiene la ventaja de la distancia. Porque aquel pronunciamiento fue una porteñada. Una alcaldada porteña en que se depuso a un virrey, lo que no era novedad. En 1806 y 1807 se había sustituido primero en el mando militar y político, y depuesto luego, al virrey Sobremonte, algo sin precedentes en la América española. Lo que cumple dos siglos, pues, es que el primer gobierno propio se estableció en Buenos Aires y desde Buenos Aires se impuso, a como diera lugar, a buena parte del resto. Desde 1776, Buenos Aires era cabeza política del virreinato, y aun desde antes, como solía repetir don Juan Agustín García, había nacido en esa ciudad y su campaña un presentimiento de futura grandeza colectiva, que más tarde habría de difundirse en el país. Nuestra historia sólo puede entenderse como una expansión hegemónica de Buenos Aires y desde ella. Incluso en los ocho años (1852-1860) en que el Estado de Buenos Aires se segregó de la Confederación, la gran política giró alrededor de ella y no sobre la capital sustituta, Paraná. Esto dicho, resulta urgente aclarar que no se afirma aquí que aquello fue lo mejor que pudo pasarnos a los argentinos. La historia, que es una señora con poquísima imaginación, nos dice sólo lo que pasó, esto es, que para manejar al país hay que hacer pie en el solar del Fuerte, sea usted tucumano, riojano, santacruceño –o colombiano. Y, “allí sentao en su silla/ningún güey le sale bravo...”.

Diversa, y quizás mejor, habría sido nuestra historia con otro centro hegemónico –Córdoba, por ejemplo- o de haber logrado otro equilibrio en esta sociedad nacional de socios desigualmente dotados por la naturaleza o por la distribución de favores del poder central. Suscribo lo que aquel gran santafesino que vivió y murió en esta ciudad, me refiero a Ezequiel Martínez Estrada, asentó sobre la cabeza de Goliat. Pero mi intención aquí, reconocido el hecho histórico de que celebramos un fasto porteño y de que el país, tal como es y mayormente no nos gusta, resulta un producto de Buenos Aires y llega hasta donde llegó Buenos Aires, es preguntarnos: ¿hay todavía impulso creativo en Buenos Aires y desde Buenos Aires para hacer andar a la Argentina? ¿O en la base de nuestras crisis y colapsos en ciclos cada vez más cortos se halla escondido el mensaje de que Buenos Aires ya fue, que no da más y que nada más puede darnos colectivamente? Planteo la pregunta a partir de la pérdida generalizada de aquella “conciencia de brillantes destinos” nacionales que había nacido allá por el siglo XVII, incongruentemente, en una ciudad chata, barrosa, maloliente a matadero y que se sostenía por el contrabando. No estoy derramando una lágrima patriotera; simplemente, asiento que, fuera de algunas exaltaciones futbolísticas (seguidas de inmediatos ciclos depresivos) los argentinos vivimos en un estado casi permanente de autodenigración, autoflagelación y descreimiento en nuestro futuro colectivo. Cuando un político bonaerense dijo, algunos años atrás, que como país estamos “condenados al éxito”, una carcajada subconsciente se dibujó en cada oyente, y conjeturamos que hasta en el propio autor de la frase, obligado a ella por la necesidad de mensaje positivo del marketing político. En la figura –y en la mente de cada compatriota- la condena se come al éxito. Es obvio que, sin la convicción de que puede haber una empresa común que, de algún modo, nos engrandezca a todos, se elige “hacer la propia”. Por las mismas necesidades del marketing antes apuntadas, nuestras clases política, empresarial, gremial, etc., acuden cada tanto a una fraseología de llamados colectivos que no sólo no convencen, sino que se caen a pedazos ante la evidencia de las conductas, que muestran a estas dirigencias como universos autorreferenciales, endogámicos e impermeables a otra cosa que no sea el “hacer la propia” grupal.

Volvamos ahora un momento al año X. Brilló entonces un grupo ideológico que Mitre llamó “el círculo de sublimes soñadores”: Moreno, Castelli, Belgrano, Monteagudo. Con diversas intensidades, reservas y matices, el núcleo de esta ideología (la ideología de la “emancipación”, adosada al hecho político de la independencia), concentraba todo el poder en la expresión de la voluntad general de una entidad abstracta, el “pueblo” soberano”, sin lugar preciso, ni tiempo definido ni encadenamiento de vínculos familiares y fidelidades personales. El pueblo abstracto resultaba de una suma de individuos concebidos como huérfanos sin ombligo. Cada uno de estos individuos se emancipaba retomando su soberanía, que en los hechos recaía en el grupo más activo y concentrado de los “sublimes soñadores” de turno. Moreno lo resumirá así en la Gaceta: “con la disolución de la Junta Central de Sevilla (...) cada hombre debía considerarse en el estado anterior al pacto social, de que derivan las obligaciones que ligan al rey con sus vasallos”.

En conflicto con esta ideología se encontraban los elementos federativos que, en nuestra historia, se remontan a los núcleos municipales, comunales, de ciudades libres, que se transmiten desde Europa, máximamente desde España, pero también de las tradiciones republicanas de las signorie, de las comunas del norte de Italia del siglo XIII, y que resultarán de este lado del charco la base de las reivindicaciones de las ciudades y provincias argentinas, como destacaron en su tiempo Francisco Ramos Mejía y José María Rosa. Allí el núcleo del vocabulario político residía en “los pueblos”, los municipios, las ciudades, las provincias que conformaban. Y sus rasgos eran los de localización, lugar (lar, hogar), pasado común y fidelidades recíprocas. De un lado, “el Pueblo”. Del otro, “los pueblos”.

La base doctrinaria con que se plantea en la América Española la asunción del gobierno propio, en un primer momento, y la independencia, acto seguido, es una doctrina tradicional hispánica, según la cual, dependiendo estas tierras de la corona, la acefalía del trono producía la reversión de la soberanía a los “pueblos”, a los municipios y ciudades que integraban cada una de las unidades políticas virreinales, quedando al mismo tiempo extinguidos los vínculos de subordinación que pudiesen existir entre esos municipios y ciudades entre sí, hasta tanto que, congregados bajo un pie de igualdad todos estos “pueblos”, que reconocían un vínculo histórico y cultural común, estableciesen un pactum foederis. Era una doctrina que llevaba a un desemboque federativo. “Federación” y “Confederación” eran utilizados como sinónimos en ese tiempo y en aquel contexto. Y “constitución”, allí, significaba pactum foederis para la organización política. Una tergiversación de esta base doctrinaria a favor de la concentración hegemónica del poder, amparada en la “soberanía del pueblo”, pretendía que la reversión debía producirse al mismo orden virreinal, pero sin el virrey, y a las mismas relaciones de subordinación que resultaban de la Ordenanza de Intendentes. Todo ello fundamentado en la indivisibilidad e inalienabilidad de la “soberanía del pueblo”. Moreno decía: “la verdadera soberanía de un pueblo nunca ha consistido sino en la voluntad general del mismo, (...) siendo soberanía indivisible e inalienable”; por lo tanto, no podía concebir que la soberanía correspondiente al Virreinato del Río de la Plata pudiese dividirse, fragmentarse, en tantos “pueblos” o municipios o ciudades que lo formaban, y que cada uno de ellos poseyese una fracción soberana, recuperando en cada caso el derecho al autogobierno. El titular de la soberanía única e indivisible era el gobernante que ocupase el lugar del virrey en Buenos Aires, hasta tanto una nueva constitución (aquí sí entendida como lo opuesto al pactum foederis) estableciese las autoridades definitivas.

Este es nuestro conflicto irresuelto. Por un lado, pues, aparece el derecho de los individuos de Buenos Aires, conjuntados en “pueblo” abstracto, y continuando la pauta virreinal, de concentrar el poder en una Junta. Por otro lado, se plantea el derecho de los “pueblos” concretos, es decir, de las ciudades y municipios, todas en pie de igualdad, a concurrir con su voluntad a darse un gobierno y un forma política. Concentración del poder en Buenos Aires, de un lado. Tendencia a una forma política confederal, del otro. Por aquí corre una línea de fractura institucional que, con distintas apariencias y diversas manifestaciones no ha podido soldarse hasta hoy, resuelta en la hegemonía de Buenos Aires, y de provincianos gobernantes desde Buenos Aires.

Vuelvo a la pregunta planteada más arriba: ¿se agotó Buenos Aires como generadora de cohesión y expansión nacional? Si, como insinúa nuestra desesperanza, la respuesta es afirmativa, quizás llegó, con este Bicentenario, el tiempo de un cambio de polaridad, una “hora de los pueblos”, un giro confederal que nos venimos debiendo.-

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